Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él.
Calor. Frío. Los contrastes bailaban por su espalda envenenándole dulcemente el alma. Dolor. Alivio. Un tumulto de sentimientos se entremezclaban en su cuerpo. Levantose de pronto y miró a su alrededor. Hallábase en el centro de una iluminada oscuridad. Era libre de corazón. Estaba presa de cuerpo. Notábase adormecida, más viva que nunca. Sentíase llena de energía, más muerta que ninguna. No sentía nada. Notaba todo. Abruptamente, una fuerza invisible golpeó tangiblemente contra su pecho. Cambia el ritmo de sus pensamientos. De repente, se seguía moviendo. De repente, antes, estaba parada. Estaba perdida. Sabía dónde estaba. De fondo, una casa encendida. Delante, cien años a solas. Y en el medio, en mitad de su camino; ni rosas, ni espinos; ni garzas, ni gavilanes; ni lápidas ni altares. Sólo estaba él.
lunes, 18 de octubre de 2010
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